Contemplé miles de flores, pero sólo me fijé en una: la rosa.
La estudié, la analicé, traté de memorizar cada detalle, cada gesto, cada delicado fragmento. Me impregné su belleza y bebí de su perfume intentando matar mi sed... fue inútil, al igual que la cálida caricia de un beso enamorado que, lejos de calmarla, la embravece.
Descubrí pétalo a pétalo con el fin y el afán de memorizar su composición. Observé la forma de sus tallos, sus curvas y cómo crecían siempre mirando al sol con el único fin de iluminarle.
Aprecié la forma de su maduración, su suave desdoblamiento así como el proceso de su perfección.
Y ahora, cada vez que intento reproducir en mi mente la sencilla y sorprendente belleza de la flor, percibo su esencia, su espíritu, su movimiento, su dulzura y su hermosura.
Al pronto advertí que la rosa no era otra cosa que tú, y así te ve mi corazón.
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