En estos últimos días se ha abierto un gran debate entorno a la mal llamada ley antitabaco, y digo mal llamada porque si fuera una ley antitabaco propiamente dicha, habría que prohibir fumar en cualquier lugar, lo que conllevaría a la prohibición de su venta y, llegados a ése punto el Estado dejaría de recaudar unos cuantos miles de millones de euros anuales en concepto de impuestos. Por lo tanto la solución encontrada, al igual que han hecho muchos países, es prohibir en ciertos lugares.
Prohibir, prohibir, prohibir… no sé si caminamos hacia adelante o hacia atrás.
Bajo mi punto de vista, la solución más libre, y por otra parte más lógica, sería que el dueño del local elija si su negocio está orientado a fumadores o no, él es quien invierte su dinero y tiene derecho, y debería tener la libertad, de elegir.
No todo se puede solucionar con vetos y restricciones como es habitual en nuestro Gobierno. Si existe algo que no le gusta, se prohíbe y listo. No, así no debe ser. No recuerdo un gobierno que haya echado mano de las prohibiciónes como este.
Sospecho que en realidad lo que buscan, una vez más, es evidenciar lo que nos separa en vez de lo que nos une, y como sigamos por este camino, todo lo que no esté prohibido va a ser de obligado cumplimiento. Al menos yo, cada día me siento menos libre y creo que hemos equivocado el camino.
Lo que realmente asusta, y es muy preocupante, es observar la inquina de muchas personas y las risitas irónicas en la cara de algunos. Existe un aire como de venganza, de mala voluntad, de revancha, de ajuste de cuentas, incluso un cierto desafío: “te jodes y ahora no vas a fumar”.
Para echarse a temblar es prestar oídos a la Ministra de la cosa, Leire Pajín, animar a la gente a que denuncie dónde y quién no secunda la ley. ¿Acaso volvemos a los tiempos de la Inquisición?, y si es así, ¿quién será el nuevo Torquemada?, o ¿acaso el partido socialista refundará la Stasi para su propio beneficio?
Intuyo, una vez más, que la ley es una nueva cortina de humo que pretende entretenernos para no discutir o debatir las cosas que de verdad deberían preocuparnos.
Debatamos sí, hagamos un debate serio de las cosas que preocupan a la sociedad, no nos dejemos embaucar más. Hablemos, entre otras cosas, de la educación, de cultura, de la política energética que se hace en el país, hablemos de empecinamiento de este gobierno a negarse a la producción de energía nuclear, y que se nos diga la verdad, debatamos sobre la hipocresía de comprar energía nuclear a Francia, ¡¡incluidos los residuos!!, hablemos de la crisis económica que afecta a casi todo el mundo y que este gobierno ha contribuido a encajarlo en lo más profundo de nuestras entrañas, hablemos de la reforma de las pensiones y cómo hacerlas, debatamos sobre el paro, hablemos de cómo solucionar las cosas importantes para llegar a alcanzar el estado del bienestar que todos queremos sin ninguna excepción.