jueves, 26 de agosto de 2010

El verano



Hacía algún tiempo que pensaba en pasar unos días en soledad, ya el año pasado por el mes de septiembre pensé hacerlo, pero algo no salió bien y hubo que posponerlo. Este año me decidí; cogí mi maleta y allá que me fui, intentando huir del estrés y dedicar el tiempo a descansar, leer, pasear, escribir y jugar un poco con mi guitarra, incluso me llevé una armónica, que confieso no sé ni acercármela a la boca.
    
Cómo si de un guión escrito se tratara, fueron pasando los días y cada vez me encontraba más cómodo. En realidad podría haber sido un poco monótono, ya que casi todos los días hacía las mismas cosas, pero no, no fue nada monótono.
      
Todos los días me levantaba sobre las 9 de la mañana y después del desayuno a comprar el pan, el periódico y las cosas que podía necesitar para el día. Una vez cubierta la intendencia, solía bajar a la playa, de la mano de Alberto Vázquez Figueroa, me encanta Vázquez Figueroa para el verano y su libro "Coltan", un par de baños y a casa, una ducha y a comer. Después de la comida me gustaba leer el periódico para luego más tarde escribir un poco al fresco en la terraza y algunos días intentaba sacar algunos acordes a la guitarra. La mayoría de los días daban las siete de la tarde y a ésa hora me apetecía bajar de nuevo a la playa, eso sí, por las tardes me acompañaba Punset, Eduardo Punset, "Viaje al poder de la mente", libro que me regalaron unos amigos allá por el mes de marzo, en aquellas fechas acababa de terminar con "Por qué somos como somos" y decidieron regalarme otro, el último de Punset, libro incómodo para leer a la orilla del mar, al cabo de los unos días decidí dejarlo para cuando vuelva a Madrid; tapa dura, un libro un poco grande y pesado (de peso), incómodo vamos.
       
Busqué sustituto en "Vivir adrede" de Mario Benedetti, relatos cortos, no me gustó mucho y una vez terminado elegí "El Frente" de Patricia Cornwell, un libro de intriga, tampoco lo aconsejaría, también leí "No quisiera estar en sus zapatos" de William Irish, también de intriga pero muy simplón, iba de mal en peor, éste es un libro que encontré por casa y que pertenece a una colección de serie negra que editó El País hace ya algunos años, y para terminar rematé con "El Secreto" de Rhonda Byrne, que parece estar muy de moda últimamente, es uno de los Best sellers del momento.
      
Reconozco que este año no acerté, por unas cosas o por otras, con los libros que elegí. Al anochecer y antes de cenar cuidaba mis plantas, mis preciosas plantas, en serio, están preciosas, dicen que perciben la presencia de las personas y te aseguro que es así. Son muy agradecidas y a poco que las cuides siempre te regalan su sonrisa y alegría. Una vez terminado con ellas otra ducha y a cenar.
      
Tengo por costumbre bajar al pueblo a tomar el café, así que después de cenar me acercaba a la terracita de una cafetería del pueblo y allí tomaba un expreso, incluso había días que dos. Después un paseo, y algunos días, cuando el tiempo lo permitía, que no era siempre, me sentaba en una hamaca con el propósito de oír el murmullo de las olas y luego caminar descalzo por la arena.
          
En síntesis ésa fue mi vida durante esos días, que espero repetir. Tranquila, muy tranquila. ¡Ah!, también hice una excursión; un sábado decidí subir por la sierra al pueblo al que pertenece el termino municipal de mi casa. Inolvidable. Un pueblo precioso de casas encaladas y adoquines y piedra en el suelo, calles empinadas, orgullosas y estrechas y ceñidas.
    
Sin duda lo más sorprendente del verano me lo proporcionó Arquímedes, Arquímedes VII.
Una mañana desayunando en la terraza, como todos los días, contemplaba las plantas y los jardines con una taza de café con leche en la mano y apoyado en la barandilla de madera, observé un ajetreo inusual en una palmera, el ir y venir de un pájaro que no se paraba ni dos segundos en los restos de una rama cortada por el jardinero, pero... ¡¿qué veo!?, ¿qué es eso?, ¡¡un nido de gorriones!!, tres gorrioncillos, tres polluelos. Asombroso, fascinante. Curioso ver a la madre (¿se le llama madre?) traerles la comida y ver como los polluelos abrían el pico. Durante unos días sólo podía contemplarles, mirarles, admirarles e intentar no molestar. Fue algo increíble, inolvidable y tierno, muy tierno.
          
Un día, al levantarme y salir a saludarles advierto que el nido está vacío. Ni rastro de los pajarillos. Sólo el refugio vacío. Oigo un piar, miro al suelo y allí había uno de ellos, indefenso, hambriento y desconsolado, supongo yo que sería así. Salgo al jardín y, por suerte allí seguía piado y malhumorado, llegué a creer que me gruñía, como si me riñera por algo, estaba seriamente enfadado, al poco comprendí que era una forma de autodefensa, le cogí  entre mis manos y le "adopté".
        
Muy bonito todo, pero... ¿y qué le doy para comer?. Busqué por Internet qué podía darle y en un foro alguien escribió que podía darle pan mojado en leche que él lo hizo t le fue bien, y eso hice. Craso error, Arquímedes VII no abría el pico. Por más que lo intentaba, no había manera, él todo orgulloso giraba su cabecita, y es como si me dijera: "de tu comida no quiero, no pienso comer. Así que tú verás". En vista del éxito decidí que lo mejor sería dejarle suelto por el suelo y con un poco de suerte su madre (?) le vería o le oiría y ya sabría ella qué hacer. Esta vez no me equivoqué. Cuando la veía acercarse a la terraza, sólo tenía que apartarme unos pocos metros y ella se posaba en el suelo y le daba su comida.
   
Entre toma y toma intentaba estar más cerca de ellos y, con asombro pude comprobar que la madre (?) bajaba por cualquier parte de la terraza, por cualquier lado, por el frente por la izquierda o derecha, siempre llegaba para darle la comida a su polluelo. Se posaba en la barandilla, me miraba, piaba y bajaba al suelo para alimentar a Arquímedes. Insectos de todo tipo, avispas, abejas, moscas, etc.. Arquímedes siempre estaba hambriento y abría un pico más grande que su cabeza.
    
Por la tarde le puse una especie de nido colgado del techo, utilicé medio coco que tenía guardado de unos helados que compré hace tiempo, le puse un paño doblado y ahí le acomodé, y parece que le gustó. Se acomodaba justamente en el borde y mirando al frente, a la calle, como diciendo, ¡Che!, ¡aquí estoy yo!. Pero el muy "jodío" se escapó, en un descuido fue capaz de volar. Era demasiado pequeño para mantener un vuelo largo y mucho menos podría ganar altura. Salí al jardín y lo encontré debajo de una platanera, piando, y cómo no; protestando. Entonces se me ocurrió ponerle en el sobrante de una hoja cortada de una palmera, exactamente como estaba en su nido y comprobé que la madre (?) seguía atendiéndole de la misma forma, trayéndole la comida, pero el muy cabrón intentó volar y volvió a estrellarse contra el suelo, así que no había otra que volver a llevarle a casa.
   
Esta vez le dejé en el suelo y al anochecer, se hizo un ovillo y se durmió.
   
El segundo día transcurrió como el anterior, a las seis de la mañana ya pedía su comida y la madre (?) no tardaba mucho en aparecer. Vi con mis propios ojos como se comunicaban, créelo, en una ocasión la madre (debí ponerle un nombre a la madre) se situó a su lado y consiguió hacerse entender, piaban los dos, como si hablaran, incluso yo diría que discutían. La madre agitaba las alas, Arquímedes contestaba y movía las alas de la misma forma que lo hacía su madre, incluso echó su segundo vuelo, fui testigo a menos de dos metros de distancia. Tierno, fascinante. En un par de días Arquímedes VII estaría listo para emprender su vuelo y vivir su propia vida, aún tenía la colita un poco corta pero ya le había crecido desde que le encontré hacía ya dos días. Esa noche, y para que no escapara, le protegí con un artilugio en forma de paraguas, que se usa para que los insectos no vayan a los platos con comida, le puse un poco de agua y leche. No le gustó mucho porque todo su afán era salir de ahí, golpeaba la cabeza contra las paredes de ése trasto, pero al final desistió, se hizo un ovillo y se durmió, como la noche anterior.
          
El tercer día, me despertó sobre las seis de la mañana piando, como de costumbre, para demandar su comida, así que me levanté de la cama y le saqué de la celda que improvisé la noche anterior, no tardó la madre en traerle su desayuno. parece mentira que prefiera una avispa a una buena sopa de pan mojada en leche, pero así son ellos. Les dejé tranquilos y fui a hacerme mi desayuno. Al volver a su lado... ¡¿Eh?!, ¡¡Un gato!!, grité desde el salón, la verdad es que dije otra cosa, me abalancé sobre la terraza pero el maldito y despreciable gato acabó con su corta vida. No sé si de un zarpazo o cómo fue, no tengo ni idea, lo que sí sé es que cuando conseguí alcanzar la terraza Arquímedes ya no estaba, había desaparecido, el malvado gato me miró, dio un salto y desapareció. Un detestable e infame gato. Reconozco que ¡nunca me han gustado los gatos!, los detesto. siempre me han parecido traicioneros, cobardes y egoístas. Un animal que mata por el simple hecho de matar, aunque la presa no le sirva de alimento. ¡Malditos sean todos!. Ni siquiera pensar que la ley o el equilibrio natural conlleva estas cosas, puede hacerme cambiar de opinión.

            
Quizá si hubiera llegado un par de segundos antes, hubiera podido disfrutar viéndole como levantaba el vuelo y abandonar "su" casa para vivir en libertad, que, en definitiva es lo que buscaba desde que nació, igual que el resto de gorriones, y poder cazar los insectos para alimentarse y un día poder alimentar a sus propios polluelos.
Confieso que pasé unos días malos y difíciles, no podía quitarme de la cabeza a Arquímedes VII, incluso una de las veces vino la madre con un insecto en la boca, pió un par de veces, y juro que me miró, "no está" le dije, y no volvió más.